miércoles, 4 de febrero de 2015
martes, 3 de febrero de 2015
Cena de navidad del Taller “Bernal Díaz del Castillo”
Como ya es habitual, año con año, nos reunimos el primer miércoles de diciembre en el restaurante La Bocata para celebrar nuestra cena navideña.
Puntual, llegué
acompañado de Panfilita Chee y nos instalamos en el salón reservado para dicho acontecimiento.
Uno a uno fue arribando cada integrante del Taller, porque esa noche tan
importante, todos somos Bernales, y
nos integramos como una gran familia unida por el lazo consanguíneo de las
letras.
Los abrazos y los besos
llenaron de algarabía el reciento, y muy pronto todo era un ir y venir de
felicitaciones.
Tomé la palabra para
iniciar el brindis y dar las gracias por la hermandad que a través de los años
se consolida y se nutre del amor fraternal de este grupo de escritores. Nuestra
querida Pilar López enfatizó la reciente presentación de mi libro, rememorando
detalles en donde “mis mujeres” ofrecieron una acertada crítica literaria,
posteriormente como es costumbre bendijo la cena. Después vino la rifa de
regalos, libros en su mayoría. Francisco Uscanga tuvo a bien obsequiar
aromáticos jabones artesanales a las compañeras. No se hicieron esperar las
fotografías. Reconocimos a Ricardo
García por su amable dedicación al Blog del Taller, que expone en forma permanente.
Fue muy importante la presencia de dos generaciones en nuestro grupo: Monserrat
y Fernanda, madre e hija. Y aplaudimos con orgullo a dos de nuestros
fundadores, Panfilita y Víctor Tiburcio, soportes en el génesis de los
Bernales.
Somos afortunados por
la afinidad literaria que nos permite encontrarnos y redescubrirnos, seguir
creando sonrisas que derivan de todo lo que nos provoca emociones, de todo
cuanto somos en el universo de la palabra que nos identifica.
Así, las horas pasaron veloces
y, en la injusticia del tiempo, llegaron las despedidas afables, eternas,
llenas de cariño, de buenos deseos; para cerrar con dulzura el Año Viejo e
iniciar con amor el 2015.
Esa noche memorable
estuvieron presentes: Ricardo García, Lilia Zamudio, Víctor Tiburcio, Marissa
Hess, Teté Balcázar, Rosa Lotfe, Iris Macías, Carolina Guzmán, Anayd de la Marza,
Mar Valdeolivar, Ana María Rueda, Ana María Huerta, Gloria Gallegos, Lulú
Marín, Yessica Vázquez, Rita Argudín, Monserrat Morales, Fernanda Huerta, Nora
Lince, Francisco Uscanga, Pantilita Chee, Pilar López, Nubia Huicab, Margarita
Lorenzana y Pepe González Gálvez.
José González Gálvez/Carolina
Guzmán Sol
Diciembre de 2014
viernes, 16 de enero de 2015
POCA NAVIDAD, by Mar Valdeolivar
¿Escuchas el eco?
Es la bondad: tam tam.
Que vibre cada corazón
cuando un hermano sufra
y nuestra alma se
conduela ante el dolor ajeno.
Luz de la estrella,
disipa toda oscuridad
del insaciable demonio
llamado ego,
padre de la amargura.
Pinos secos, con olor a
humo.
Consumidos por la plaga
del poder
sembrados en terrenos
de ambición e indiferencia
esferas de piedra
adornando nuestras ramas todo el año...
¡Noche de paz!
Que los dones de Dios
en esta época sean fuertes
y su semilla perdure en
todas las estaciones.
Que se prolifere buena
voluntad cada mañana
con una sonrisa en el
camino, una buena acción
antes de volver a los
brazos de la noche.
Bendita eres entre
todas las mujeres.
¿Quién es más grande
que tú?
Que el perdón sea
tanto,
que la paz devenga a
nuestro espíritu.
Humildad y fe, para
quitarle potestad al egoísmo.
Que los buenos deseos
nos adornen el rostro
Cada día, hasta que
venga la próxima Navidad.
Mar Valdeolivar
Diciembre de 2015
NACER Y RENACER, ENTRE LUCES Y NOCHEBUENA, by Carolina Guzmán

Para mi sobrino
Eduardo,
a quien la ilusión le
brilla en los ojos.
Mi madre solía ponernos un Nacimiento al pie del Árbol de Navidad, lo hizo todos los años mientras fuimos niñas mi hermana mayor y yo, lo hizo con gran pasión para hacernos felices en esa edad, donde todo tiene un brillo prodigioso. Luego de muchos años de apatía he vuelto al entrañable deseo del Árbol y el tradicional Nacimiento del niño Dios; me dispuse a desarrollar lo que mis recuerdos de infancia me dictaban. Entonces me fui a buscar la fauna, la flora y todo aquello propio de una aldea navideña.

Al caminar por el perímetro de los mercados locales, fui
encontrando pequeñas figuras que
reconocí al instante y, de forma ilusoria la presencia de mi madre y de mi
hermana saltó de inmediato en una sensación quimérica, fue como ir de compras en
su compañía. Emocionada, compré todo cuanto quise para recrear las escenas
cotidianas del pueblo hebreo que habita en mi mente, luego dediqué varias horas
al diseño; un paisaje legendario que me llena de sentimientos maravillosos, una
pequeña ciudad de Israel donde años antes nació el Rey David.
Como el deseo de mamá era complacernos recuerdo que ella buscaba
lo que mi hermana y yo pedíamos, pero terminaba comprando lo que en realidad
podía pagar; esas piezas que eran las más baratas, las más sencillas y las más
hermosas. Este Nacimiento tiene piezas muy parecidas.
La choza de mi pesebre fue lo más costoso, ochenta pesos incluyendo un poco de aserrín en color naranja para definir los caminos que recrean todas las veredas de los aldeanos. Veinticinco pesos unos pastores de sonrisas afables, en tamaños desproporcionados con el resto del escenario; éstos debieron ser lo que recibieron la noticia celestial que trajo el ángel. Por precios muy bajos conseguí casitas de cartón, puentes de plástico y de madera rústica. Unos lindos pozos de barro, unos animalitos curiosos aunque algunos muy burdos en su textura; pero su sencillez me gusta por el estilo humilde del paisaje y porque así eran los que mamá compraba.
La choza de mi pesebre fue lo más costoso, ochenta pesos incluyendo un poco de aserrín en color naranja para definir los caminos que recrean todas las veredas de los aldeanos. Veinticinco pesos unos pastores de sonrisas afables, en tamaños desproporcionados con el resto del escenario; éstos debieron ser lo que recibieron la noticia celestial que trajo el ángel. Por precios muy bajos conseguí casitas de cartón, puentes de plástico y de madera rústica. Unos lindos pozos de barro, unos animalitos curiosos aunque algunos muy burdos en su textura; pero su sencillez me gusta por el estilo humilde del paisaje y porque así eran los que mamá compraba.
Todo el pueblo está formado por una base de paxtle iluminado
por varias series de inquietas lucecitas, musgo sobre la superficie para
fortalecer su apariencia natural y el propio terreno; encima están todas las
piezas que elegí en los puestos de los mercados.
He acomodado unas vacas en grupo y otras dispersas, cercanas a los caballos que conviven divertidos con los burros de caminar lento, a los patos que rodean los ríos y que dan vida al paisaje acuático. Un par de ranas que deben ser hermanas gemelas, unos guajolotes en color negro y uno más que parece albino. Me encanta el ganso que tiene posición de vuelo, sus alas extendidas dan sensación de libertad. Acomodé unas piedras rojizas que son parte de los maceteros de mi casa, le van muy bien como representando un paisaje rocoso que muestra una orografía distinta, sugiriendo cierta semejanza con la naturaleza de los montes de Judea. Los ríos que dan prosperidad a la comunidad los hice con papel aluminio, dispuesto de tal manera que se aprecia que a su alrededor la vida es abundante. Hay unos carneros robustos con manchas extrañas, se ubican en las partes más elevadas del terreno y por ahí anda comiendo hierbas una jirafa solitaria. Los primos conejos están pendientes de todo aquel que intente cruzar el puente durante las mañanas más soleadas y un pez multicolor avienta burbujas al hipocampo que de vez en cuando baja por el cauce para gozar del clima influenciado por la brisa del mar Mediterráneo. Mientras tanto las gallinas y los gallos presumidos se pasean por los patios del único cerdo que habita en este barrio de la ciudad vieja. En las parcelas de este paisaje apacible, que evoca al pueblo de Belén, puede disfrutarse la blancura del rebaño que resalta en un territorio bendecido.
Este Nacimiento no tiene invertido dinero sino el espíritu de
una niña, un alma de sueños profundos. Nada aquí es sofisticado ni muy
laborioso y mucho menos lujoso. Esta es la aldea de gente noble y trabajadora
que vive en la sencillez que la naturaleza les brinda, en la esperanza de un
futuro sano, provechoso y feliz. Este paisaje alude a la ilusión que hemos
tenido alguna vez en nuestras vidas, seguramente en la etapa de la infancia. Alude
al corazón noble de Artabán y su vida dedicada a servir, el cuarto rey mago siguiendo
un mapa celestial.
Las luces parpadean incansables y una familia acompañada de un
ángel de alas prominentes, animales bovinos y una tercia de Reyes Magos venidos
desde oriente, aguardan felices por el Rey de Reyes.
En este pesebre se espera a un Niño divino que nacerá en cada
criatura que vive en condición de calle y de abandono. Este pesebre cobija a
los niños que en los cruceros de las avenidas ven pasar sus años y sus
pensamientos más tristes; ellos renacerán y sus cuerpos frágiles y cansados
serán cubiertos por el resplandor del amor. Un niño envuelto en pañales nacerá
en cada uno y se iluminarán las escasas ilusiones de alimento y abrigo
haciéndolas florecer con la música gloriosa de la Nochebuena. En esta aldea de
gente de buena voluntad se espera que nazca la inocencia que dibuja la sonrisa
genuina de los pequeños que sufren sin amor y sin una familia que les proteja; la
inocencia que se extravió de los ojos a los que pertenece. Este nacimiento es
la renovación de espíritus cansados de pobreza, enfermedad e incertidumbre.
Nacerá el Redentor en cada niño de todos los sitios donde se
sufre y un ministerio de adoración se postrará en las guaridas donde hacinados pasan
temblorosos las desoladas noches frías. El Mesías estará vivo en cada espacio
de encierro y de tortura cambiando todas sus lágrimas amargas por oro, incienso
y mirra. Y el Niño que nace en cada niño pobre, se manifestará como la estrella
fulgurante que ilumina a una humanidad envilecida.
“Tuve hambre y me
diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste,
estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y tú me liberaste”
Carolina Guzmán
Diciembre de 2014
jueves, 4 de diciembre de 2014
LA OTRA MITAD DE HORACIO QUIROGA by José González Gálvez
Horacio
Silvestre Quiroga Forteza, fue cuentista, novelista, poeta, dramaturgo y
maestro uruguayo que radicó en Buenos Aires Argentina. Es considerado hasta la
fecha como uno de los mejores cuentistas latinoamericanos. Su vasta obra está
situada entre la declinación del modernismo y la emergencia de las vanguardias.
Estudió
en el Instituto Politécnico de Montevideo y en el Colegio Nacional. Se inició en
las letras bajo el patrocinio del escritor Leopoldo Lugones. Funda la tertulia
“Los tres mosqueteros” y colabora con sus escritos en “La Revista” y “La
Reforma”. A los diecinueve años crea la “Revista
de Salto”. Se marcha a París durante tres meses y a su regreso instaura el
Consistorio del Gay Saber, que pese a su corta existencia presidió la vida
literaria de Montevideo.
Dentro
de su vasta experiencia, sintetizó las técnicas de su oficio como escritor en
el “Decálogo del perfecto cuentista”, estableciendo pautas relativas a la
estructura, la tensión narrativa, la consumación de la historia y el impacto
final del relato.
Su
obra está influenciada por las lecturas de Edgar Allan Poe, Rudyard Kipling y
Guy de Maupassant, recreando un estilo que le permitió narrar magistralmente la
violencia y el horror que se esconden detrás de la aparente apacibilidad de la
naturaleza.
Sin
embargo su “aparente apacibilidad” está marcada por el signo de la tragedia y
el exterminio con una cruz imborrable de Miércoles de Ceniza. En la otra mitad
de la vida de Quiroga, bíblicamente Abel no mató a Caín; los padres, hermanos,
esposas, hijos, amantes y amigos marcharon juntos al este del Paraíso y
abrazados murieron lentamente la muerte del suicidio, la enfermedad y el asesinato fortuito.
Cuando
Horacio contaba con dos meses de edad muere su padre al disparársele
accidentalmente su escopeta durante una cacería. Doce años después su padrastro
Ascenso Bargo se suicida con una escopeta. En 1901 fallecen dos de sus
hermanos, Prudencio y Pastora, víctimas de la fiebre tifoidea. Un año después
mata accidentalmente con una pistola a su amigo Federico Ferrando. Su primera
esposa Ana María Cires se suicida durante una fuerte crisis depresiva. Se casa
con María Helena Bravo quien lo abandona después de nueve años de matrimonio.
Cuando contaba con la edad de 59 años, se entera que padece cáncer de próstata
y se suicida ingiriendo cianuro en el Hospital de Clínicas de la ciudad de
Buenos Aires. Sostuvo una
intensa amistad que se transformó en romance con la poeta Alfonsina Storni,
quién se suicidara en 1938. Un año después se suicida su hija Eglé y años más tarde su hermano Darío
también haría lo mismo, ambos fueron producto de su primer matrimonio.
Horacio
Quiroga utilizó ampliamente las leyes internas de la narración y buscó un
lenguaje que lograra transmitir con veracidad lo que deseaba relatar,
alejándose de manera lenta de la escuela modernista.
Publicó
casi al final de su vida lo siguiente: “No
escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego. Si eres
capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del
camino”.
José
González Gálvez
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