domingo, 1 de septiembre de 2019

POR ESO PIDO PERDÓN



Pido perdón porque si mi vida no es ahora un cielo, definitivamente no es y nunca ha sido un infierno.

Pido perdón por no haber pasado nunca hambre o sed. Por tener siempre un techo que me protegiera del sol intenso o de la lluvia fría. Por tener ropa para escoger que ponerme, o regalar zapatos que ya no me venían o ya no me gustaran. Pido perdón por haber ido a la escuela, obtener una profesión y un trabajo digno con un salario suficiente. Pido perdón por no ver como bombas y metralla destrozaban las ventanas y mi casa; y como terminaban con la vida y los sueños de mis amigos y de mis seres queridos. Pido perdón porque a pesar de los difíciles tiempos en que vivimos, el miedo aún no ha hecho nido en mi mente y en mi corazón. Pido perdón porque no puedo cambiar la situación de los muchos, miles o millones que no han tenido lo poco, mucho o suficiente que he tenido, o porque precisamente, por tener poco, mucho o suficiente, no he intentado cambiar las condiciones de aquellos que no tienen nada o han perdido todo.

¿Me duele igual una lágrima ajena o el llanto y dolor de los demás?  Si no me duele habré vivido en vano, cubierto por el abrigo de los que solo observan ¿y si no intento aliviar o terminar para siempre ese sufrimiento, que permea los poros, la mirada y los sueños, entonces cual sería el propósito de esta vida?

Así que es por eso, por lo poco, mucho o suficiente que he tenido, por lo que pido perdón.

Jorge Malpica Jiménez
23 de octubre de 2018

EN PAUSA





Como si no existiera nada, en pausa,
preparándonos para el final.
En esa tregua, la duda flota,
el ardor de nuestros cuerpos se detiene,
algo sucede tras el orgasmo finito
que nos mantiene en suspenso.

Martín Cruz Alegría



EL CUADRO





La vida es un trazo, con grafitos, óleos y acuarelas.
El pincel aún no termina el contorno de los caracoles,
que han sido expulsados por un mar embravecido,
solo pinta de azul profundo el horizonte.
Tristes los observo con espiras nacaradas
sobre arenas candentes por rayos implacables.
¡Ha vuelto el pintor!,  fluyen acuarelas,
ahora los caracoles lucen su esplendor,
dorados por el sol, infinitos
formando un vínculo espiritual.
Cada día disfruto el mar
y a las gaviotas elevando el vuelo.
Puedo imaginar escucharlos conversando con el mar,
convertidos en utensilio sonoro para una gran deidad,
hermosos caracoles del cuadro en mi hogar.

Ana Leticia López Córdova



                                                   

ALICIA





Sentada con los codos sobre las rodillas y la cara entre las manos, así se encuentra Alicia, se notan en sus ojos y labios apretados que está enojada.
Ha tenido un día agotador, el cansancio se apodera de su delgado cuerpecito, sus pies descalzos amoratados por el frio; se le estruje su adolorido estómago… tiene hambre.

Seguir caminando es lo que se le ocurre, pasear y mirar a su alrededor;  es   lunes, día de trabajo; la gente va y viene sin mirarse unos a otros. Sigue su camino y al voltear  al piso su atención se centra en algo brillante, se detiene; sus ojitos se iluminan: ¡una moneda!  Es su día de suerte.

Sin pensarlo corre a la primera tienda que encuentra, en la vitrina pueden verse deliciosos bocadillos, una sabrosa torta la hace salivar; no lo piensa más y extiende la moneda, sus labios ya saborean esa rica vianda.
Sale presurosa buscando un rincón donde devorarla, pero de repente; en su prisa se topa de frente con un perro escuálido, que le lanza una mirada a su exquisita torta,   mitigar su hambre es su único pensamiento; compartirla… es su decisión.

Nubia Huicab González


domingo, 21 de abril de 2019

DESAPARECIDA EN VERANO


La soltó de su mano. En la carretera los árboles se enlazaban formando un túnel dantesco. Aprovechó segundos de su distracción para dejarla entre los pasillos del departamento de ropa. Apuró el paso hacia el estacionamiento. Encendió el auto y condujo a prisa. En el almacén ya habrían voceado la presencia de la nena deambular. Imaginó sus ojos verdes ahora rojos y anegados. Detuvo de pronto la marcha en el acotamiento de la carretera y meditó. Pero no renunció al plan. Laila esperaba en el cubículo de la gerencia. Paciente y con la seguridad de que Amelie regresaría por ella. Le preguntaron su nombre. Respondió. Le preguntaban si tenía miedo. Laila negó con la cabeza.   

Monstruoso, para quien no conozca los motivos. No estaba mal de sus facultades. Solo harta. Y esa era su mejor coartada. Amelie y Laila salieron de casa. Amelie perdió a Laila y luego de buscarla se encontraron. Te dije que no te movieras. Iba al probador. Pero como siempre no me haces caso. Diría de todo a todos a costa de que le creyeran.

Entró y se dirigió al estudio. De una gaveta de doble fondo extrajo el revólver. Antes encendió un cigarrillo y miró la silueta de humo subir y disolverse. Acto seguido, se puso el cañón de la pistola junto al labio fosforescente. Se sentó a esperar al hombre. El hombre la acechaba. El hombre que tiempo atrás la había arrebatado del calor materno estaba de regreso.

Lo citó a las dos en el chalet. Sabía que el hombre tenía que llegar. La historia no volvería a repetirse, jamás. La había seguido hasta el colegio. Y desde la reja elogió sus ojos verdes y le rozó las mejillas con las yemas de los dedos. Te he dicho mil veces que no hables con extraños. Eso malo. Pero él es bueno, había respondido Laila. Me regaló un caramelo y prometió que me contará el cuento de los gusanos.

Experimentó la misma opresión en el pecho. El hombre le acariciaba la rodilla mientras dormía. Se repetía la tortura. El castigo a su desobediencia. El cuento de los gusanos: «Y cuando reptaron a los ojos, los gusanos entraron en un nuevo éxtasis, el verde de los ojos de Amelie era tan ceremonial que haberlos devorado había sido un premio a tantos días de ayuno».

No le quedaba más que acurrucarse bajo la sábana. A esperar el amanecer. Hasta que un día Amelie, a sus quince, decidió escapar, desaparecer en verano, y volver a los brazos de su madre que desde hacía mucho se había resignado a no volverla a ver. En cambio, al fin libre, Amelie creyó que no volvía a encontrarse con el hombre.

Y el viento arrojó exasperado una rama de buganvilias contra el cristal de la ventana. Desde ahí contempló la llegada de su hija en un sedán. Bajó primero y detrás de ella, él. La nena sujeta a la mano del hombre que le había convidado un caramelo. El rostro de Amelie se llenó de horror mientras el verde de los ojos de Laila irradiaba inocencia.




Martín Cruz Alegría
Abril de 2019

jueves, 21 de febrero de 2019

EL VERDE DE TU MIRADA


Alberto era un hombre de fuerte presencia, que me imponía y me hacía totalmente frágil; pues con su mirada desnudaba mis ansias de sucumbir ante el verde de sus ojos.

Ana María Huerta Ramírez
Febrero de 2019

lunes, 4 de febrero de 2019

GUSANOS FÚNEBRES



Antes,

los gusanos pensaron comerse unos a otros,

porque habían pasado días sin probar alimento,

hasta que de pronto,

la tarde menos pensada,

hicieron el hallazgo: el cadáver.

Y los gusanos, que entraron en éxtasis,

se dispusieron a celebrar

el festín sobre el cuerpo de días

semi sepultado

entre lodo y hojarasca.

El cuerpo, inmenso, largo,

mostraba una apariencia negruzca,

la carne, fétida y oxidada.

El sol asombró con su tenuidad

y apenas avanzaban en la piel descompuesta.

¿Qué sería?, para el caso era lo mismo,

los gusanos buscan saciar su hambre,

y comieron de la podredumbre

como si tratase del festín del fin de mundo,

pero la carne les supo amarga,

tal vez nunca a los gusanos los muslos de un cadáver

habían sido tan poco placenteros al paladar

pero las extremidades de éste, el sabor, el hedor eran insoportables...

Del cuerpo brotaban las sales de la corrupción, adulterio,

la avaricia,

la traición, el odio, el engaño,

había tanta podredumbre en el cuerpo

que los gusanos quedaron contaminados

y comenzaron a morir lentamente.


Martín Cruz Alegría
Enero de 2019