martes, 21 de abril de 2020

A USTED (POR LAS NOCHES)






Quiero decirle que lo amo,
que por las noches
lo descubro bajo mis sábanas,
desnudo junto a mi cuerpo,
mis brazos sienten su calor.
Duermo pensando en usted,
eternas son las noches de ausencia,
el chasquido de la cigarra me acompaña,
estrellas iluminan mis deseos,
la tristeza se la lleva el río.
Cierro mis ojos, lo amo
en las sonrisas que lleva el viento
con su mirada sobre mi cuerpo,
en el susurro a mis oídos,
cuando duermo en su regazo.
Anhelo el vino sobre mi cuerpo,
sus labios que gota a gota absorben,
esa mirada tan galante cuando nos conocimos,
manos recorren mi piel,
suspiro a los recuerdos,
añoro lo vivido y decirle cuánto le amo.
A usted le escribo que por las noches
duerme en mi cama.

Ana Leticia López Córdoba
Febrero 2020



TODO LO QUE VENGA DE TI






Me gusta todo lo que venga de ti.
Tus palabras, tus caricias, tus besos,
tu mirada, tu aroma y tu cuerpo.
Me gusta todo lo que venga de ti.
Tu cabello, tu piel, tu textura.
Tu esencia, tu delicadeza, tu sabor.
Todo lo que venga de ti,
tus palabras, planes y pensamientos,
tu ternura, tu simpatía, tu locura.
Todo lo que venga de ti,
tu tristeza, tu alegría y tu devoción.
Me gustas tú, amor; y todo lo que venga de ti.


Emmanuel Parada Huerta

LENTAMENTE, TE BESO TODA





Quiero acariciar con la yema de mis dedos la superficie húmeda de tus labios, detenerme por un momento y seguir explorando la cavidad que guarda tu lengua anhelante.
     Besarte toda, espacio a espacio como un náufrago eterno. Comenzaré por tu boca que me espera siempre, sumisa, obediente. Seguiré con tu cuello, ese arco deslumbrante. Luego con tus pechos, tibios como palomas. Tu vientre plano, la oquedad del ombligo. El mar profundo de tu sexo. Tus piernas de color alabastro, y lentamente tus pies diminutos.
     Quiero besarte toda. Despacio.

Octubre 4 de 2019

Imagen: David Hamilton

BESARTE SIGNIFICA




Besar tus labios
significa
tocar el esplendor
de una mañana que nace
entre amarillos girasoles
y aves en tertulia.
Besar tus labios
es existir de pronto
en una luna que enciende
o un cometa que viaja
hacia el fondo de tu cuerpo.
Besarte significa
arder en tu verano de hielo
y sofocar mi delirio
en la sustancia de tu piel.

Martín Cruz Alegría
Abril de 2020


lunes, 23 de marzo de 2020

PRESENCIA




La ansiedad se instaló precisamente en el mismo sitio que ocupara la tristeza. No había nada que la distrajera  de sus obsesiones. Asistir al Café de los Milagros los viernes, con sus amigas parlanchinas ya no era grato y relajante. En ese café acostumbraba reír y festejar las bromas propiciadas por el “chisme del momento”, también solía clavar la mirada en las mesas talladas con obras de Monet, Picasso o Dalí cuando sus compañeras tocaban el tema de los hijos. Los viernes, única tarde realmente en libertad, la envolvían en una atmósfera alegre y desenfadada. Era un grupo bullicioso con ironías sobre la vida. Por ello sus queridas acompañantes no dejaban de verla con cierta extrañeza o conmiseración en esos últimos viernes. Era ver el rostro de alguien que padecía un mal incurable.
     Carlota no había caído en cuenta de ello hasta que se percató de los “detalles” que le empezaron a llegar por parte de Marissa, Bety y Lucila: aceites para masajes, inciensos con aromas reconfortantes, hasta una sesión de masaje con piedras calientes en el exclusivo spa de la ciudad. Y tales sutilezas no hicieron más que ahondar su desesperación. Esas mujeres bien intencionadas, casadas con hombres de éxito del lugar no podían entenderla a ella que nunca tuvo instinto maternal, ejercía una soltería feroz sin ser célibe, plagada de viajes por compromisos de trabajo o realización de proyectos de éxito, ni la familia había logrado atar a ese ser que se movía libre por la vida. Ahora experimentaba una angustia insostenible al saberse reemplazada.
   Decidió recluirse en su espacio. Pasar tardes enteras sentada frente al ventanal favorito de su pequeño apartamento después de llegar del trabajo. Acostumbraba abrir de par en par, con la finalidad de contemplar las rosas de su fabricado jardín, hasta que aparecía silencioso un gato con destellos dorados en su pelaje. Se detenía siempre a contemplarla, impasible y sereno. Eso le molestaba, cerraba ventanal y cortina para volver a sumergirse en sus eternos proyectos de trabajo. Necesitaba superarse.
     Ensimismada, pensaba y repasaba las horas, días, que le dedicara al Hotel del cual era Gerente. Por los limpísimos y arbolados pasillos de ese hotel boutique sentía que la traición la esperaba en una vuelta, en un doblar de la esquina. Mientras verificaba mantelería y cristalería veía un futuro funesto. La persona recién contratada por los propietarios les aseguraba tranquilidad y armonía. Hasta su asistente tenía mejores atenciones para con el nuevo subgerente. Darse cuenta de ello fue el acabose; su salud se quebró. Fiebres, dolores, colitis, todo medicamento que ingería no le daba ninguna mejoría. Los médicos no eran suficientes.
     Finalmente el día de la Despedida llegó. No tardó demasiado en vaciar su oficina. No quiso voltear atrás. Demasiada carga había arrastrado por meses.
     Al llegar a su departamento, se sentó en la poltrona, herencia de su abuela, frente al ventanal que tenía la maceta llena de rosas. Entonces cayó en cuenta de la pequeña presencia que la incomodara: el gato altivo que no maullaba, con esa tonalidad verde en la mirada que parecía reprocharle la ausencia de un amor antiguo, casi olvidado. Esta vez no optó por correrlo, abrió los cristales diciéndole:
     —Tú ganas, pasa. El minino saltó hacía la mullida alfombra para arremolinarse a sus pies.

Dora Berenice Paredes Acosta

PUNTADAS DE COLORES





Se conocieron en las clases de bordado, y a partir de ahí la amistad las enlazó.
     —Me llamo Alma le dijo.
     —Yo soy Yolanda, —contestó la señora que ya tocaba los sesenta años.
     Ahí, Alma pensó de inmediato que ella era amarilla, el color de la alegría, de la esperanza, de quienes vienen a la vida para disfrutarla, dando a todos ráfagas de aliento y mucho afecto. Parecía que fuesen amigas de siempre, bastaba ponerse a bordar el inmenso lienzo que habían escogido, y así, bordaban durante horas toda clase de imágenes y figuras que surgían mágicamente de las distintas puntadas que les enseñaban. Con ese distractor de por medio, se daba ese justo momento en que las mujeres cual hilo de medias, sueltan y comparten todooo: sus gustos, sus vidas personales, y por supuesto, sus amores.
   Para Yolanda bordar era el pretexto, porque en el fondo le atraían enormemente las anécdotas chistosas y dramáticas que Alma desbordaba en sus narraciones con  la chispa del que sabe contarlas, era muy descriptiva de las escenas y los personajes, y de manera muy curiosa a cada persona le asignaba un color. Cuando habló de su familia fue un día especial porque Yolanda sentía que le brindaba la confianza que únicamente damos a las personas que lo merecen.
     —Mi padre era gris, dijo —Siempre callado y siempre trabajando en su parcela. Mi madre era roja. Mujer fuerte; imponía con solo verla entrar en cualquier lugar. Nos educó a la antigüita, con la sola mirada que paralizaba —bromeó Alma.
     Sin embargo cuando habló de su esposo su semblante cambió, se le notó como arrepentida de tocar ese tema, guardó un prolongado silencio hasta que finalmente soltó un suspiro y dijo —Falleció hace mucho. Él era negro, de esos hijos de puta violentos, un hombre frustrado. Y entrecerrando sus ojos, agregó que era odioso, siempre alcoholizado, y al más mínimo ruido o contradicción se enfurecía y la golpeaba con lo que tuviera a mano: escoba, zapato, tubo, machete o lo que fuera. Mientras ella narraba una de sus golpizas, la mente de Yolanda casi estallaba, porque su capacidad de asombro estaba rebasada.
     Cuando terminó de narrar a detalle su penar, su voz se había apagado y el semblante de Yolanda se había deformado a causa  del espantoso escenario que esa historia le brindaba.
     —Mira  —le dijo Alma, y se volteó para mostrar la variedad de cicatrices en su espalda.
     Yolanda ya no se contuvo, la abrazó muy fuerte tanto que la ahogaba y no pudo ocultar sus lágrimas. Alma en cambio, serenamente se recuperó del amoroso abrazo, se soltó y con un prolongado suspiro giró su  torso, y su mirada buscó a la maestra Mariela quien estaba al otro extremo de la estancia.
    —Ella es color lavanda, lila para muchos. Es un color suave, relajado. Tengo más de un año de venir a sus clases con la finalidad de sanar mis heridas, las del alma. Aquí todo mi pesar se esfuma, se muere. Cada puntada, cada lienzo que termino, se lleva todo mi dolor. Ella no lo sabe, pero es sanadora, sostuvo esbozando una fina sonrisa.    
     Yolanda le preguntó —Y tú, Alma ¿Qué color eres?
     Ella, con cara de desconcierto, soltó poesía.
     —A veces me siento mar infinito que enamora con su movimiento. A veces arena gris que brilla con el sol. Luego creo ser ola gigante que se transforma en brisa salada. —Creo que soy un matizado de azules y blancos.
     Ambas rieron y sostuvieron una mirada cómplice y prolongada.
   Han pasado semanas. Ahora Yolanda descubre que camina distinto, se siente más suelta, más inclusiva, y más feliz; Alma la cambió, lleva un poco más de ella, porque no puede evitar pintar con colores a todo el cristiano que se le acerca.
                                                                              
Edith González Marín

INSTRUCCIONES




¡Muérdase en caso de incendio,
en caso de arder,
si la hoguera lo exige…!

¡Sórbase el sudor,
ya sea la última gota,
hasta quedar saciado…!

¡Atrévase,
sumérjase en la sal de los besos,
entre en la carne de esa alma,
disuélvase en el fragor de las caricias…!

¡Túrbese si hay delirio,
si el fuego que desmaya es imposible…!

¡Devórese!,
si el antojo sacude,
¡Repítalo!,
si el deseo es irascible…


Martín Cruz Alegría
Marzo de 2020