martes, 20 de septiembre de 2016

Gozo y muero


En aquel amanecer lluvioso
insensata, mi cuerpo te entregué
tu propuesta insolente me llevaba
escondido está el secreto de la piel.
Hoy, descalza en el recuerdo
gozo y muero.

Abismo que embriagaba los sentidos
tu palabra me quitaba la razón
vértigo fugaz de lo prohibido
le cantaste a mi libido un anhelo
de secretos placeres contenidos.

Una ingrata melodía de tu piel
de tirón desnudaba mis instintos
dos figuras al unísono del viento,
una sombra que se enreda sin amor
cumbre ardiente que termina en precipicio.

Gestamos sinfonía de placer
envidiando a mi cuerpo todo el cielo
carrusel con figuras de papel,
ironía de morir si voy naciendo.

Escenario de la luna en agonía
sostenida, de mis ojos, tu sonrisa
desvelados los lunares de tus hombros
me danzaron como estrellas complacidas

CAROLINA GUZMÁN

Junio de 2008


MAS QUE DOLOR ES TU MIRADA

Me lastimo demasiado por amarte
por tener hambre de tu cuerpo
por recordarte ayer, antier
en todo momento.
Ser estatua de marfil
en el juego de tus viajes húmedos.
Nunca imaginé tanto dolor junto
tanta piel deshidratada
como papiro quebradizo.
Somos falenas expuestas al calor de la tarde
bocetos discordantes
verbos sin tiempo de conjugación
lunas que duermen en pupilas ciegas
abrazos anudados en un nudo desnudo
cartílagos desclorofilados
corazones con aurículas muertas.
Ahora tu cuerpo se pinta de besos amargos
de sexo drogado
de añil que envejece
océano agua que corre y no se detiene.
Después de muchos años
terminé siendo espina inconclusa
en la corona que ciñe tu frente.
Duermo con temor
porque sé que la noche palpita
es un chotacabras hambriento
que abre su pico para digerirlo todo.



Febrero de 2010


LA AMISTAD DE MI MASCOTA CAMPANITA


Caminábamos mi hijo y yo por la avenida General Anaya después de un servicio religioso, y de pronto nuestra vista se detuvo en una criatura que nos miraba con ojitos tristes y suplicantes. Nos acercamos para verla, ahí estaba temblando de frío pues era finales de noviembre; coincidí con mi hijo que no la dejaríamos abandonada, seguramente no amanecería con vida.
Mi hija la cargó; estaba sucia, mal oliente y cansada, la llevamos a casa con el propósito de que al día siguiente buscaríamos al dueño; la cubrimos con una frazada y la dejamos en un lugar seguro para que pasara la noche; se acogió y se quedó muy quieta, fue en ese momento que nos percatamos de una herida en la pierna izquierda, seguramente de ahí provenía el mal olor.
Al día siguiente como acordamos, nos dimos a la tarea de preguntar a los vecinos si alguien había perdido a su perrita, no apareció el dueño. La bañamos, curamos su herida y le pusimos nombre: Campanita, y aunque ya no queríamos más animalitos, no la podíamos abandonar. Me molestó ver la crueldad de la gente al dejarla en la calle. Así, la pequeña formó parte de nuestra familia.
Fueron pasando los días; se tornó más alegre y juguetona gracias al cariño que le dábamos. Un día la regañé por salir a la calle, levanté la voz y le dije: Campanita ¿Quieres perderte o que te lastime un perro más grande? ¡Métete a la casa inmediatamente! Ella me miró obediente y entró. Por un rato la olvidé, salí nuevamente para ver donde estaba y me sorprendió verla echadita con su carita triste, de sus ojitos rodaron lágrimas; desde ese momento jamás volví a regañarla de esa manera, comprendí que sin duda había llevado una vida de maltrato.
Campanita vivió con nosotros durante un año hasta que cierta vez tuve que dejarla al cuidado de mi hijo por varios días, ella se deprimió profundamente y dejó de comer. A mi regreso traté de alegrarla, hice todo lo necesario pero no reaccionó, y por más que le hablé no comprendió la razón de mi ausencia y murió.
Su muerte me dolió mucho y le lloré. Fue cuando comprendí que ella me quiso más que yo a ella.

Olga Lidia Hidalgo Gordillo
Julio 20 de 2016




lunes, 5 de septiembre de 2016





PÍNTALO DE ROJO

Para el Dr. Jorge Herrera López de Llergo: In memoriam

Somos dos, siempre dos. Enajenados en este torbellino de tonos sanguíneos. Un mar de lava nos envuelve. Irreales, desdibujados, entregados, entrelazados, emparejados en un abrazo sin brazos. Compactados como gemelos expósitos, univitelinos.
Tenemos el rostro manchado de vergüenza, el gesto vacio, simulando una historia melancólica entre las notas tristes de un violín sin dueño. Volamos juntos mecidos por un viento de hastío. El color brota de nuestra epidermis en un destello cromático de rojos profundos.
Un Dios con máscara de pájaro nos observa, sus ojos son espejos donde están clavados la noche y el día, los astros, lo lejos y lo cerca, el cielo y el infierno, todo el Origen, el Diluvio, un ciclo circadiano.
Somos dos sombras taciturnas que nos apagamos como la flama de un candelero de anticuario. Apócrifas, estampadas en un lienzo con siluetas dolientes, como imágenes religiosas, mágicas en una danza sin tiempo. Somos dos, siempre dos. Como en un principio.


Coatzacoalcos Veracruz, octubre de 1994




LLUEVEN PERSEIDAS


Tu cometa de fuego
se posa en mi boca,
escarchada mirada
envuelta en delirio
dorados cristales
angustia de los sentidos,
mineral
oscuridades
fragmentos químicos,
llueven perseidas
polvos en escarlata
destellos
pérdida de equilibrio,
un planeta entero nos invade;
la vía láctea ¡es un grito! 


Carolina Guzmán Sol
Junio de 2008




DE SANGRE AZUL


Es un mastín inglés cruzado creo que con caballo, -por su gran tamaño- y a veces pienso que podía ser descendiente directo de su paisano Winston Churchill: gigantón, de cachetes colgados y ¡le encanta fumar!
Como en mi familia presumimos de monárquicos, habíamos tenido al King, al Káiser, y al Duque; pero cortos de diplomacia, a este heredero de Albión le pusimos Zar.
En mi pueblo, el Zar era más famoso que Pluto. Los niños le gritaban “adiós Zar”, cuando por las tardes, caminaba detrás de mi papá, hacia su encuentro diario con el dominó.
La mula de seis sonaba sobre la mesa metálica, -propaganda de Carta Blanca-; Zar entraba a la cocina, se hartaba de las sobras que le guardaban y salía contento relamiéndose los bigotes pringados de sopa.  Echado a los pies de mi papá, reposaba la marea alcalina, -grotescamente llamada mal del puerco-; entonces le ponían un cigarro prendido en la boca y fumaba con ellos.
El día de la boda de mi hermana, con un gran moño rojo a modo de corbata, solemnemente acompañó al sacerdote en el altar; al ver la cara de terror del padrecito, mi hermana le hizo una seña con la mano, y obediente como era, -el perro por supuesto- se fue a echar sobre la cola de novia; por ahí andan unas fotos, testigo de lo que les cuento.
En esos tiempos sólo los ricos tenían coche con clima. Esto viene a colación porque el Zar no podía ver la ventanilla de un auto abierta: dando un salto -seguramente producto de sus genes equinos-, caía cual largo era en el asiento de atrás.
 Al salir de la iglesia y sentirse abandonado, miró rápidamente todos los coches cercanos y surcó de una zancada la distancia de la banqueta hasta las piernas de tres amigas de mi mamá, que llegaron al festejo nupcial con las medias hechas jirones.
También era perro policía, verán: como mi mamá trabajaba en el palacio municipal, el perro por las mañana la acompañaba y cuando veía correr hacia la patrulla a la poli –la buena poli de esos tiempos- se acomodaba junto al chofer. ¿Y los gendarmes?, se preguntarán.  Pues atrás, ya que no había manera de hacerlo desistir de su misión detectivesca

A pesar de su sangre azul –o quizá por eso-, era profundamente servicial. A las ocho de la noche en punto le abrían la puerta de la casa de junto. El hijito de la vecina no se dormía si no tomaba el biberón en el regazo del Zar. Inflamado de paternal orgullo volvía a casa a tiempo de acompañarnos a cenar.

Mi papá enfermó.  Mientras dormía en su sillón favorito su sueño de opio, para paliar el cáncer que le devoraba el estómago, el perro no volvió a separarse de su lado. Un triste día caminó acompañando al ataúd. Cuando volvimos a casa se echó junto a la poltrona de mi papá y puso la cabeza en el asiento. Silencioso, su triste mirada reflejaba nuestros sentimientos.

A la mañana siguiente el Zar se fue de la casa. Nunca volvió. Seguramente continúa viajando por todo el país saltando a la ventanilla abierta de un camión buscando a mi papá.

Marissa Hess
Junio de 2016

    

sábado, 3 de septiembre de 2016




RECLUTA


Recluta vino a mi vida en forma fortuita: a un militar que pensaba llevarlo en tren, no se lo permitieron, no era propio que el chango viajara con los humanos. Mis padres aceptaron quedarse con él y desde ese instante nos hicimos inseparables.
Al regresar de la escuela buscaba su compañía, le llevaba fruta y jugaba con él; realmente lo amaba.
Negro, peludo, con su larga cola y ojos negros y vivarachos como su temperamento, pues no se decidía a quedarse un sólo momento quieto. Bajaba por la balaustrada de las escaleras como un niño, sentadito con los brazos cogiéndose las rodillas, se deslizaba hasta la planta baja y repetía su juego hasta que se cansaba.
Un día decidí dar un paseo con él por la vecindad, pero me puso en grave aprieto, pues chillaba como loco y se les iba encima a las personas, quienes, a su vez, corrían despavoridas. Nunca lo intenté de nuevo.
Él dormía en la azotea y yo subía a entretenerme con él saltando de tinaco en tinaco (eran seis); esto a mí me encantaba como niña-changa que siempre fui.
El problema era Pepito, le tenía celos atroces y cuando yo abrazaba a Pepito, Recluta se ponía fúrico y daba volteretas de disgusto; así que yo, con la ternura de una niña de siete años, aventaba a Pepito y entonces Recluta saltaba hasta el tinaco donde me hallaba sentada, dando piruetas de contento, y yo lo recibía feliz.
No piensen que era despiadada y cruel con Pepito, lo que pasa es que mi bebé era de hule, como eran en ese tiempo los bebés, aparte de que tomaba su biberón y se orinaba y me tenía muy ocupada cambiándole los pañales que mi madre elaboraba para el pequeño.
Así era mi vida de feliz con Recluta hasta que llegó el día de mi desesperación, mi llanto y mi duelo. Una madrugada estuvo chillando agudamente y el velador no subió a la azotea a ver qué le pasaba. Amaneció ahorcado con varias vueltas de la correa alrededor de su cuello.
Quedó para siempre grabada en mi memoria la imagen de una pequeña niña llorando inconsolablemente, sentada con los brazos cogiéndose las rodillas en el piso del cuartito debajo de una mesa pegada a las paredes.

María del Pilar López González
Mayo de 1916