sábado, 12 de septiembre de 2020

VEINTIÚN GRAMOS

      


                             

Hace algunas décadas Chuniápan era una ranchería de cuarenta casas perdidas en la espesura de la selva de Santa Martha. Los añosos árboles a su alrededor proyectaban figuras fantasmagóricas durante las noches de plenilunio, dándole un aspecto lúgubre a este pequeño poblado de campesinos, olvidado por los gobiernos que iban y venían sin voltear a verlos.

Los perros en el pueblo se contaban por docenas y la crianza de gallinas y cerdos existía en cada choza, conviviendo con las familias del corral a la cocina y por todos los espacios habitables.

Como medio de transporte tenían un caballo que consumía el maíz de la milpa como cualquier miembro de la casa.

Cuando regresé a ejercer la medicina cuarenta años después, el pueblo seguía igual de pobre, sin luz y sin agua potable entubada. El monótono chirriar de las poleas del pozo se asemejaba al llanto que acompañaba a esta gente en su día a día.

Mi ilusión era ayudar a mejorar la salud de los campesinos a través de hábitos de higiene y programas de control natal.

Cierta noche en medio de una tormenta que parecía interminable, golpearon ruidosamente la puerta de mi casa, —doctora Lupita, doctora Lupita, se muere mi Chona, —dijo una voz entrecortada llevando a cuestas su desesperación y su impotencia.  Era Nicasio que chorreaba agua de lluvia por todos lados.

—Aquí traigo los caballos para que me haga favor de ir a verla, —imploró el marido de Chona.   Comprendiendo la gravedad del caso, me vestí a toda prisa y estuve lista con impermeable y botas de hule.

Montamos los caballos y emprendimos el viaje hacia El Salto, una ranchería cercana.  La tormenta no cesaba y los truenos hacían trastabillar a las bestias, que asustadas, avanzaban por las veredas apenas alumbradas en forma intermitente en cada destello del cielo.

De vez en cuando se escuchaban a lo lejos los aullidos de los coyotes.

Los lodazales despedían un olor agrio, a barro mezclado con excremento de animales; el andar de los caballos se hacía lento.

Después de una hora de camino, llegamos a la choza; la cera quemada y el humo de las veladoras dificultaban la respiración.

Llegué hasta el rincón donde yacía la enferma sobre un petate desgastado y mal oliente.

—Chona, Chona, ¿me escuchas?  —Le hablé fuerte al oído.

Chona no respondió, estaba agonizando.

Ella ya no necesita un doctor —dije con tristeza. —Vayan a buscar al sacerdote.

La Chona “está acabando”  —dijo una vecina desde el fondo de la habitación.

Los perros que se encontraban echados a los pies de la moribunda, se erizaron horrorizados. Todos gritaron  —¡Están viendo la muerte!

La gente palideció, lloraban desesperados e imploraban -- ¡Perdónanos Dios mío! Los perros aullaban lastimosamente, babeando y con los ojos rojos y desorbitados, mostraban sus afilados colmillos.

Chona había expirado

El humo asfixiante del copal, dio la nota fúnebre de lo que ya se presentía.

Las rezanderas recitaron como autómatas: “dale Señor el descanso eterno y brille para ella la luz perpetua”. 

Todo quedó en silencio… veintiún gramos flotaron en el ambiente.

El sacerdote nunca llegó.

 

Ma. Esther Balcázar Márquez

Junio de 2019

 

Imagen: Fotografía de Gertrude Duby 

4 comentarios:

  1. Un relato que resulta en una fotografía extraordinaria. Una muy bien lograda ambientación.

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  2. José González Gálvez25 de septiembre de 2020, 18:51

    Un texto bien construido. Te felicito Tetechita.

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  3. Admiro la claridad y contundencia con la que escribes. Me gustó mucho. Te felicito Teté.

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